Aquel año que por más memoria que hago no logro recordar, fue el año que conocí a la tía Rosi, es decir, la hermana de Mamá, concretamente en Navidad. Ella ya me conocía, como tía que es, por fotos y por cartas que mantuvo con su hermana, pero mi primer recuerdo es de aquel año. Le cogí mucho cariño y quería estar todo el rato con ella, después de muchos años me contó algo de lo que me reí mucho, por ella y por mí. Porque ahora que nos conocemos bien, me imagino la situación y me hace mucha gracia. Rosi recuerda aquellos días: "Esther me tenía agobiadita, me veía sola y me preguntaba si me aburría y si quería jugar con ella al parchís...a cada rato me preguntaba lo mismo y yo tuve que hablar con Ysora para que la niña me dejara de preguntar tanto".
Ahora que nos conocemos bien, pienso en dos cosas, o realmente yo era pesada o realmente estaba agobiada, porque la tía tiene paciencia, pero reconozco que yo también tenía muchas ganas de jugar al parchís. En fin, pasó la Navidad y con ella otro año más, después pasó otro año y así varios hasta que llegué a sexto de E.G.B.
El cambio de quinto a sexto fue para mí fuerte, en cuanto al ritmo de estudio y volumen, ya que eran casi las mismas materias pero con más densidad y esto exigía más atención y la atención requiere más concentración. Hubo también un cambio de profesores y eso implicaba adaptación por parte del alumno y también del profesor, era otra etapa. Las asignaturas que peor se me daban eran matemáticas (como siempre), sociales y naturales. Matemáticas la enseñaba una profesora llamada Conchi, que a pesar de su expresión severa luego era muy buena. Sociales la explicaba Enrique, que tampoco lo hacía nada mal y naturales, don Salvador...este señor era el punto y a parte del colegio. Aunque no lo puedo confirmar con seguridad, creo que era el profesor más viejo, tal vez uno de tantos motivos para su poca paciencia. Acompañado de su barriga vieja, que se marcaba bajo aquella bata blanca, como el científico que trabaja en el laboratorio, con una voz cascada por los años de enseñanza, la vejez y el cigarro. Alguna que otra vez se quedaba dormido sobre su mano mientras alguien leía, otras veces se paseaba por el aula y otras veces lograba un silencio absoluto con aquel mal genio que tanto imponía. Si a todo esto le añadimos el único hecho de que su asignatura era una de las que peor se me daba, el único resultado que obtenía, fue el mismo en los tres trismetres: SUSPENSO. Y desde este momento, la única tarea que tenía en verano, era estudiar naturales.
Mamá cuando llegó el verano, esperó a que pasaran unos días, tal vez una semana o quizás dos desde el final del curso para descansar un poco. Y cuando decidió que los días que pasaron fueron suficientes, me dió la noticia también con varios días de antelación para que me fuera mentalizando:
- Mamá: Esther, ¿tú sabes que tienes que estudiar naturales, verdad?.- Dijo ella cuando vio que Esther se iba de la cocina.
- Esther: Si....- Contestó mirando para atrás.
- Mamá: ¿y ya sabes los temas que son?.- Preguntó de nuevo mientras preparaba la comida.
- Esther: Si, porque la tutora me dio la hoja con los temas que entran.- Aclaró.
- Mamá: Ah...pues yo te voy a decir una cosa, va a venir Rosi para ayudarte a estudiar.
En ese momento, aunque la noticia era suave, también era directa y clara, por lo que yo no necesité mucho más para que mi sistema de nervios se viera afectado y, de repente, me invadió una preocupación enorme. Y lo único que pude añadir junto con mi expresión de angustia, fue:
- Esther: Mami...¿y tiene que ser Rosi?.- Esperando algo diferente.
- Mamá: Sí, porque Rosi va a estar aquí varios días y ella te puede ayudar.- Dijo ella intentando eliminar la preocupación.
- Esther: Pero es que yo no quiero que sea Rosi, yo puedo estudiar sola.- Respondíó Esther intentando convencer a Mamá.
- Mamá: Pero mira Esther, si ella está aquí y te puede ayudar, ¿qué te cuesta ponerte una horita todos los días con ella?...te puedes poner por las mañanas y luego tienes toda la tarde libre.- Explicó Mamá mirando a Esther.
- Esther: vale....- Añadió sin más argumentos.
Ése era el plan, yo a pesar de aceptarlo esperaba que la tía tuviera muchas cosas que hacer, porque confíaba en que podía hacerlo yo sola, pero todas mis esperanzas se borraron cuando Mamá, como mujer inteligente y madre de seis hijos, supo cuándo lanzar la noticia, entonces añadió que Rosi vendría el miércoles. ¡Estaba todo planeado entre ellas! y no me quedaba otra que estudiar con Rosi. Ese día que yo no quería que llegara y si llegaba porque no quedaba otra, pues deseaba que aquella mujer le hubiera surgido algún plan más divertido que ayudar a su sobrina a estudiar, sonó el timbre y cuando Mamá abrió la puerta, entró Rosi. Y en ese instante lo vi, todo el cariño que le había cogido a aquella señora se había convertido en miedo cuando la miré y observé aquella expresión, era la seriedad en persona, aquella forma de mirar igual que su padre. En ese momento para mí no existía el estirón del verano que dan los niños, me sentí diminuta delante de la tía que con naturalidad me preguntaba si ya estaba preparada y como respuesta yo debía irme al cuarto de mis padres y estar allí durante una hora estudiando la asignatura que impartía don Salvador. Allí miraba el libro, leía y repetía una y otra vez. Ponía una marca en una palabra y otra al final de un párrafo, ese contenido tenía que aprenderlo exactamente pero no porque Rosi lo exigiera, sino por mi miedo, era él quien lo exigía. Y cuando veía que todo lo que había marcado, lo sabía lograba olvidarme del miedo hasta que veía que había llegado la hora. Cuando pasaba la hora, yo tenía que avisar a Rosi y ella vendría al cuarto a hacer todo tipo de preguntas sobre mi rato de estudio. Aquel instante era eterno, yo me sentaba en la cama de mis padres y ella también lo hacía, a mi lado, se ponía el libro sobre las piernas y con la misma expresión de seriedad con la que entraba a casa o más, empezaba el interrogatorio. Y en ese momento descubrí que la temperatura de mis manos no solo cambiaba porque hiciera mucho frío, sino porque mi estado de nervios estaba alterado, cuando cerré los puños sentí una sensación de humedad, sentía que los dedos se resbalaban y con mucho cuidado, deslizaba las manos sobre mis muslos intentando secar el sudor de mis manos. Rosi mientras tanto, observaba el texto en silencio y pensaba la pregunta, tal vez observara que realmente en mi diminuta persona había un estado de nervios, porque me miraba y dejaba escapar una sonrisa, a la que yo correspondía con ilusión intrepretando que ya no habían más preguntas, pero cuál fue mi sorpresa y frustración cuando vi que el interés que aquel libro despertaba en mi tía, la hacía pasar de hoja y ¡fuera sonrisa y nueva ronda de preguntas!, por lo que mi ilusión terminaba ahogada en mis manos y yo no tenía más remedio que esforzarme para darle la respuesta correcta. Si el sudor sirviera para pulir un objeto de gran tamaño, en aquel instante siendo todavía una niña hubiera sido una profesional con tan solo dos manitas sudorosas y si mis dedos hubieran sido amantes, ¡cuántas posturas aprendieron!. Cuando Rosi consideraba que al cabo de varias preguntas la lección estaba aprendida, después de mi mal trago me animaba, me decía que me lo sabía muy bien, que si estudiaba todos los días así aprobaría, me apretaba contra ella y me indicaba el final de mi hora de estudio. Yo salía de la habitación aliviada, porque me sabía la lección, porque mi rato con la tía había acabado y porque recuperaba el estado normal de mis manos. Y a pesar de esto, cuando Rosi volvió a Barcelona una parte de mí la echaba de menos. Rosi había logrado que cogiera el hábito de estudiar una hora todos los días, que estudiara bien y sobre todo que me aprendiera el contenido. Después de varios días, conseguí estar más tranquila a su lado aunque mis manos nunca dejaron de sudar y esa compañía tuvo que sustituirla Mamá, para mantener el hábito y conseguir el aprobado. Mamá lo hacía como ella, miraba el texto y me hacía preguntas. El día del examen, estaba nerviosa, pero también tranquila y lo demostré de la mejor forma, recordando todo lo que había aprendido con Rosi y con Mamá. Cuando me dieron las notas, sentí una alegría enorme, no me lo creía, había aprobado naturales con aquel señor y así lo indicaba el boletín: BIEN.
Después de tantos días y de tanto empeño, se lo tenía que decir a Rosi y eso me hizo pensar en el cariño que le había cogido y recuperarlo. Mamá se lo dijo por teléfono y ella se alegró mucho. Rosi me enseñó que el objetivo que una persona se proponga, se puede alcanzar con voluntad y esfuerzo.
Hoy que nos conocemos bien, puedo decir que es una persona muy importante para mis hermanos y para mí, influye a la hora de tomar una decisión, de darle un enfoque diferente a las cosas. Su seriedad es dependiente del momento y de la persona a la que se dirige, porque con el paso de los años conocí a una mujer divertida, impulsiva, cariñosa, generosa, comprensiva, carismática, un encanto de mujer y persona, con muchas cosas en común con Ysora, como ella la llamaba. Mis hermanos y yo la queremos muchísimo, como le he dicho alguna vez, porque es un cachito de Mamá. Después de tantos años, he cambiado las preguntas que hice siendo una niña, ahora pregunto ¿qué vas a hacer ahora? y alguna vez espero que diga jugar al parchís, pero la tía que no quiere. Ya no me sudan las manos y aunque ahora soy yo quien le altera el estado de nervios, la echo de menos con mucha frecuencia.
pd: espero que las pelotas de gofio las aprovechen para un buen escaldón.