lunes, 24 de octubre de 2011

Alegría y frío

Mi amiga Sara dice que me gusta el frío por los buenos recuerdos que guardo de la infancia relacionados con el invierno, puede ser verdad. Yo no descarto su teoría, primero porque es verdad que guardo buenos recuerdos de la infancia y segundo, porque muchos de ellos han sido en invierno, especialmente en Navidad.
La tarde de ayer había cambiado, el aire del sábado era un poco más frío y el cielo estaba nublado. Las noticias del tiempo anunciaron lluvia y esta no tardó mucho en aparecer a media tarde. Y yo al escucharla me sentí feliz, abrí el balcón y sentí la humedad de la calle mojada con ese olor a lluvia, entonces observé que las personas seguían el ritmo de las horas, algunas de ellas protegidas con paraguas, otras sorprendidas, corrían y buscaban refugio.
Justificando la teoría de Sara recordé muchos años atrás, un día como el de ayer, un día de otoño, un día de colegio en el que madrugar producía cierta pereza por abandonar el calor de la cama. Era un día con más inocencia, más curiosidad, más energía, más ilusiones, más de muchas cosas en el que mi madre nos despertó antes de la hora habitual. Normalmente nos levantábamos, desayunábamos y nos preparábamos para ir al colegio, pero aquel día había una sorpresa y la vimos antes de salir de casa. En el salón, encima del sofá habían varias bolsas grandes, estaban llenas, estaban tan llenas que era imposible mirarlas sin sentir un poco de curiosidad y al final, las ganas de saber qué había dentro nos ganó a mis hermanos y a mí, que decidimos sacar lo que había dentro de cada una de ellas, ¡juguetes!. Mis primos habían hecho limpieza de juguetes, así que nos regalaron aquellos que no querían, que ya no usaban, lo que fuera...estábamos fascinados con todo, a medida que sacábamos algo de una bolsa era una sorpresa nueva y a continuación otra, otra y otra. Pero había una bolsa que captó toda mi atención, de repente ya no me interesaba nada más, solo lo de aquella bolsa, empecé a mirar con más cuidado y ya no sentía curiosidad, sentía alegría. Los saqué de la bolsa uno a uno, uno al lado del otro, eran perfectos, eran preciosos, no podía dejar de mirarlos, eran tan bonitos que no se merecían estar allí dentro de aquella forma, había para cada uno un lugar. Y cuando observé que en la bolsa ya no quedaban más, los miré en conjunto, me sentía afortunada porque tenía la batería de cocinita más bonita que jamás haya visto, un caldero con su tapita, un cazo, una cacerola, todos eran ideales para mi cocinita. Mientras cada uno observaba lo que quería y lo que le gustaba, mi madre nos miraba contenta y sin dejar de estarlo, nos avisó para que empezáramos a vestirnos para ir al colegio. Escuché un ruido en la ventana, era el viento que movía los cristales viejos, me acerqué y observé como pasaba el aire por la calle, moviendo los árboles, las hojas y los papeles, miré el cielo, que estaba nublado. Recuerdo ese aire frío, seco, que nos golpeaba en la cara por el camino, que consiguió que esa mañana habláramos poco entre nosotros y con Mamá, que hizo guardarnos las manos en los bolsillos... pero no logró quitarnos la alegría de los juguetes, no pudo con las ganas de volver a casa para usarlos una y otra vez, sin parar, para inventar comiditas y para estar entretenidos durantes horas y horas, mientras pasaba por la calle el viento, llegaba la lluvia y así pasaba el otoño, el invierno y yo feliz.  

2 comentarios:

  1. Como me gusta lo que escribes, cuantos buenos recuerdos, te quiero mucho, no dejes de escribir.

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  2. Esta historia familiar también me ha gustado mucho, pero el día que le leí, estaba como un poco chof, con lo cual me salieron mis lagrimillas...
    Me gusta como describes los hechos, me gusta como escribes.
    Un besote dominguero

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