En mi casa a casi todos nos gustan los dulces, pero era algo poco frecuente, por ejemplo había dulces un domingo, que solíamos comer todos juntos o por el cumpleaños de alguien. También hacíamos una excepción cuando dábamos un paseo, sobre todo al pasar por la puerta de la dulcería La Sirena. Era como una prueba de fuego mirar aquel escaparate con esa variedad de dulces tan ricos y seguir de largo, eran suficientes dos miradas, una a los dulces y otra a Mamá, con la que le preguntábamos "¿nos comemos un dulcito?", aunque a veces no hacía falta la mirada.Y eso fue lo que pasó aquella tarde que salimos con mis padres los tres pequeños, Paco, Igor y yo. Paseando por Santa Cruz nos pudimos permitir comernos un dulce para merendar esta vez en otra dulcería diferente. Los que más gustaban en casa eran la milhoja, el lazo bañado en yema de huevo, el lazo relleno de nata, el cucurucho de chocolate relleno de nata y la pachanga y la media luna rellena de crema pastelera, si no recuerdo mal.
Pero sin duda alguna el protagonista de aquella tarde fue Igor, a él le encantan los dulces. De pequeño los saboreaba de una forma que te abría el apetito verlo, para él en ese momento no había nada más alrededor, solo el dulce y no exagero, lo comprobé esa misma tarde al entrar para escoger cada uno el que quería. Entonces cuando cada uno ya tenía el suyo y Mamá había terminado de pagar, Igor iba tan contento con su dulce que se olvidó de los dos escalones que habían en la entrada, cayó al suelo pero mantuvo el brazo en alto, como si fuera un árbitro que señalaba el fuera de juego y así fue como me quedé yo, en fuera de juego cuando al darme la vuelta lo vi tendido en el suelo, con las piernas en los escalones y con el dulce en alto, sin poder evitar la carcajada mientras lo miraba y sin pensar que tal vez se había hecho daño, pero el dulce seguía en alto en su manita, porque era su dulce. Yo seguía riéndome hasta que Mamá muy enfadada exclamó "¡no te rías de tu hermano!" y me tuve que tragar la risa, me di la vuelta como si no pasara nada pero mi cuerpo se movía agitado por esa "risa maliciosa" que se escapaba en silencio por ver al niño de aquella manera con su instinto de supervivencia. Pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que en realidad somos todos así, a Alicia también le había pasado con el plátano machacado. En otra ocasión un día que fuimos de excursión al monte, Igor tuvo una caída mientras se comía un yogur y ¡tuvo la misma reacción!, su cuerpo cayó y se adaptó al suelo pero su brazo quedó en alto sosteniendo el yogur. Otro día que fuimos a buscar a mi madre al trabajo caminando por los pasillos, se tropezó con un compañero con el que estuvo un instante hablando. Mi madre le explicó que yo era su hija, que se iba para casa, comentaron un poco el trabajo hasta que se despidieron y el compañero me ofreció un cucurucho que acepté encantada y sin pensarlo mucho más, le pedí si podía darme cinco más para mis hermanos, pero rápidamente entendí que algo iba mal porque a mi madre se le abrieron los ojos de esa forma, con la que entendíamos que teníamos que portarnos bien y el hombre intentó justificarse de alguna manera, pero finalmente dijo que no podía hacer eso. De camino al coche intuí que mi madre se sentía algo avergonzada, pero yo lo había intentado. Varias veces mi madre habló seriamente conmigo sobre este tema, porque alguna que otra vez estando en la puerta de casa hablando con la vecina, yo salía para anunciar la comida del día, la última vez que lo hice fue cuando le dije a la vecina "hoy vamos a comer latas de sardina..." y vi la cara de la señora que me miraba con el alma encogida a pesar de mi alegría, al mirar para Mamá volví a entender que había metido la pata de nuevo, entonces Mamá cortó la conversación de una forma amena y al cerrar la puerta hubo otra conversación más seria que la anterior. Ella lo intentó, pero no sabía lo que vendría luego, más tarde mi apetito por cualquier cosa era inmenso, todo me daba hambre. Eso fue lo que me pasó otro día que fuimos a buscar a Mamá al trabajo, haciendo tiempo hasta que saliera en la cafetería del supermercado en la que mi hermano Iván trabajó muchos años. Había una mesa con varios hombres, que creo recordar que eran soldados y en el medio de la mesa una fuente llena de papas fritas...yo no puedo asegurar que fueran soldados, porque cuando vi la fuente me dio de nuevo, me acerqué un poco más y allí me quedé mirando la fuente. Los hombres me miraron varias veces, ellos se sentían tan observados como yo por ellos, pero no podía quitar la mirada, hasta que de repente, escuché un grito que decía "¡esther!, ¡deja de mirar la comida!". Me di la vuelta y busqué a mis hermanos y encontré a mi madre, que estaba cerca y a juzgar por la expresión de su cara, no parecía muy contenta por esa reacción que tenía con la comida, que me salía sin pensar así que hice un gran esfuerzo por no mirar de nuevo para aquella mesa. Estuve un tiempo con esa reacción frente a la comida, me resultaba difícil controlarla y así fue como me gané uno de los famosos motes, que es costumbre de mi casa: la desconsolada.
Hoy reconozco que soy buena de boca, por no decir que cualquier cosa me abre el apetito, a veces babeo, otras me tiembla la boca y otras me sudan las manos, y es que en mi casa a pesar de que tenemos buen humor y somos muy bromistas, la comida es algo con lo que no se juega.

Mira Pepo, me duele todo de la risa que me ha dado tu historia, me imagino a Igor con esa cara de ANGELOTE que tenía de pequeño y con su brazo en alto y a tu madre con la cara de mamá-seria por las risas tuyas y anda que el tema del cucurucho...mira que pedirle para tus hermanos, es que eres MUCHA-ESTHER. Si ya te conozco tu afición a comer, que se lo digan a tu primo Rubén, que un día te tuvo que esconder lo que hacía para una comida familiar porque tu sólo hacías que revolotear por la cocina cual mosca cojonera...
ResponderEliminarCon todas las historias familiares que tienes por contar no sé porque no te pones más a menudo.
Gracias por hacerme reír y por ser la sobrina que eres.
Te quiero mucho, un besote muy grande.
Ahhhh, los mejillones estaban de muerte, jejeje.
...sigo pensando que nos hace falta pasar unos días juntas y reírnos de todo lo que se "menea" y gritar cuando pase una ambulancia, aunque tu te asustes.
Una abraçada.
Jejejeje, qué bueno, ya te digo que yo también me he reído mientras la escribía porque recordaba a Igor, la cara de mi madre, mi reacción con la comida y lo mal que ella lo pasaba...todo, me he reído un buen rato. Así que me alegro de que tú también te hayas reído, eso era lo que quería. Gracias a ti por ser como eres y por dejarme ser como soy. Me apunto a esos días que dices para gritar con la ambulancia, no creo que me asuste, tal vez te asustas tú porque yo cuando grito, engaño, ejejejeje. Te quiero mucho, mucho. Un beso grande :)
ResponderEliminarNo me digas...sigue teniendo cara de ANGELOTE.
ResponderEliminarMuy guapo.
Besitos
Coño como me he reido, la verdad niña que cuentas unas historias que es imposible no reirme, sigue alegrándonos el día, tqm.
ResponderEliminarHola Sandra!! qué alegría verte por aquí y saber que te has reído, me alegro, yo también me reí mucho, asi que me vino bien.
ResponderEliminarRosi justo ha coincidido que Igor puso esa foto en su face y no sé si habrá leído esta historia pero me gustó tanto verlo y era tan ideal, que la puse y tienes razón, sigue teniendo esa cara de angelote pero ya tiene mas reflejos, jejejeje. Un beso grande a las dos.