domingo, 6 de noviembre de 2011

El dulce y la comida


En mi casa a casi todos nos gustan los dulces, pero era algo poco frecuente, por ejemplo había dulces un domingo, que solíamos comer todos juntos o por el cumpleaños de alguien. También hacíamos una excepción cuando dábamos un paseo, sobre todo al pasar por la puerta de la dulcería La Sirena. Era como una prueba de fuego mirar aquel escaparate con esa variedad de dulces tan ricos y seguir de largo, eran suficientes dos miradas, una a los dulces y otra a Mamá, con la que le preguntábamos "¿nos comemos un dulcito?", aunque a veces no hacía falta la mirada.Y eso fue lo que pasó aquella tarde que salimos con mis padres los tres pequeños, Paco, Igor y yo. Paseando por Santa Cruz nos pudimos permitir comernos un dulce para merendar esta vez en otra dulcería diferente. Los que más gustaban en casa eran la milhoja, el lazo bañado en yema de huevo, el lazo relleno de nata, el cucurucho de chocolate relleno de nata y la pachanga y la media luna rellena de crema pastelera, si no recuerdo mal.
Pero sin duda alguna el protagonista de aquella tarde fue Igor, a él le encantan los dulces. De pequeño los saboreaba de una forma que te abría el apetito verlo, para él en ese momento no había nada más alrededor, solo el dulce y no exagero, lo comprobé esa misma tarde al entrar para escoger cada uno el que quería. Entonces cuando cada uno ya tenía el suyo y Mamá había terminado de pagar, Igor iba tan contento con su dulce que se olvidó de los dos escalones que habían en la entrada, cayó al suelo pero mantuvo el brazo en alto, como si fuera un árbitro que señalaba el fuera de juego y así fue como me quedé yo, en fuera de juego cuando al darme la vuelta lo vi tendido en el suelo, con las piernas en los escalones y con el dulce en alto, sin poder evitar la carcajada mientras lo miraba y sin pensar que tal vez se había hecho daño, pero el dulce seguía en alto en su manita, porque era su dulce. Yo seguía riéndome hasta que Mamá muy enfadada exclamó "¡no te rías de tu hermano!" y me tuve que tragar la risa, me di la vuelta como si no pasara nada pero mi cuerpo se movía agitado por esa "risa maliciosa" que se escapaba en silencio por ver al niño de aquella manera con su instinto de supervivencia. Pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que en realidad somos todos así, a Alicia también le había pasado con el plátano machacado. En otra ocasión un día que fuimos de excursión al monte, Igor tuvo una caída mientras se comía un yogur y ¡tuvo la misma reacción!, su cuerpo cayó y se adaptó al suelo pero su brazo quedó en alto sosteniendo el yogur. Otro día que fuimos a buscar a mi madre al trabajo caminando por los pasillos, se tropezó con un compañero con el que estuvo un instante hablando. Mi madre le explicó que yo era su hija, que se iba para casa, comentaron un poco el trabajo hasta que se despidieron y el compañero me ofreció un cucurucho que acepté encantada y sin pensarlo mucho más, le pedí si podía darme cinco más para mis hermanos, pero rápidamente entendí que algo iba mal porque a mi madre se le abrieron los ojos de esa forma, con la que entendíamos que teníamos que portarnos bien y el hombre intentó justificarse de alguna manera, pero finalmente dijo que no podía hacer eso. De camino al coche intuí que mi madre se sentía algo avergonzada, pero yo lo había intentado. Varias veces mi madre habló seriamente conmigo sobre este tema, porque alguna que otra vez estando en la puerta de casa hablando con la vecina, yo salía para anunciar la comida del día, la última vez que lo hice fue cuando le dije a la vecina "hoy vamos a comer latas de sardina..." y vi la cara de la señora que me miraba con el alma encogida a pesar de mi alegría, al mirar para Mamá volví a entender que había metido la pata de nuevo, entonces Mamá cortó la conversación de una forma amena y al cerrar la puerta hubo otra conversación más seria que la anterior. Ella lo intentó, pero no sabía lo que vendría luego, más tarde mi apetito por cualquier cosa era inmenso, todo me daba hambre. Eso fue lo que me pasó otro día que fuimos a buscar a Mamá al trabajo, haciendo tiempo hasta que saliera en la cafetería del supermercado en la que mi hermano Iván trabajó muchos años. Había una mesa con varios hombres, que creo recordar que eran soldados y en el medio de la mesa una fuente llena de papas fritas...yo no puedo asegurar que fueran soldados, porque cuando vi la fuente me dio de nuevo, me acerqué un poco más y allí me quedé mirando la fuente. Los hombres me miraron varias veces, ellos se sentían tan observados como yo por ellos, pero no podía quitar la mirada, hasta que de repente, escuché un grito que decía "¡esther!, ¡deja de mirar la comida!". Me di la vuelta y busqué a mis hermanos y encontré a mi madre, que estaba cerca y a juzgar por la expresión de su cara, no parecía muy contenta por esa reacción que tenía con la comida, que me salía sin pensar así que hice un gran esfuerzo por no mirar de nuevo para aquella mesa. Estuve un tiempo con esa reacción frente a la comida, me resultaba difícil controlarla y así fue como me gané uno de los famosos motes, que es costumbre de mi casa: la desconsolada.
Hoy reconozco que soy buena de boca, por no decir que cualquier cosa me abre el apetito, a veces babeo, otras me tiembla la boca y otras me sudan las manos, y es que en mi casa a pesar de que tenemos buen humor y somos muy bromistas, la comida es algo con lo que no se juega. 

lunes, 24 de octubre de 2011

Alegría y frío

Mi amiga Sara dice que me gusta el frío por los buenos recuerdos que guardo de la infancia relacionados con el invierno, puede ser verdad. Yo no descarto su teoría, primero porque es verdad que guardo buenos recuerdos de la infancia y segundo, porque muchos de ellos han sido en invierno, especialmente en Navidad.
La tarde de ayer había cambiado, el aire del sábado era un poco más frío y el cielo estaba nublado. Las noticias del tiempo anunciaron lluvia y esta no tardó mucho en aparecer a media tarde. Y yo al escucharla me sentí feliz, abrí el balcón y sentí la humedad de la calle mojada con ese olor a lluvia, entonces observé que las personas seguían el ritmo de las horas, algunas de ellas protegidas con paraguas, otras sorprendidas, corrían y buscaban refugio.
Justificando la teoría de Sara recordé muchos años atrás, un día como el de ayer, un día de otoño, un día de colegio en el que madrugar producía cierta pereza por abandonar el calor de la cama. Era un día con más inocencia, más curiosidad, más energía, más ilusiones, más de muchas cosas en el que mi madre nos despertó antes de la hora habitual. Normalmente nos levantábamos, desayunábamos y nos preparábamos para ir al colegio, pero aquel día había una sorpresa y la vimos antes de salir de casa. En el salón, encima del sofá habían varias bolsas grandes, estaban llenas, estaban tan llenas que era imposible mirarlas sin sentir un poco de curiosidad y al final, las ganas de saber qué había dentro nos ganó a mis hermanos y a mí, que decidimos sacar lo que había dentro de cada una de ellas, ¡juguetes!. Mis primos habían hecho limpieza de juguetes, así que nos regalaron aquellos que no querían, que ya no usaban, lo que fuera...estábamos fascinados con todo, a medida que sacábamos algo de una bolsa era una sorpresa nueva y a continuación otra, otra y otra. Pero había una bolsa que captó toda mi atención, de repente ya no me interesaba nada más, solo lo de aquella bolsa, empecé a mirar con más cuidado y ya no sentía curiosidad, sentía alegría. Los saqué de la bolsa uno a uno, uno al lado del otro, eran perfectos, eran preciosos, no podía dejar de mirarlos, eran tan bonitos que no se merecían estar allí dentro de aquella forma, había para cada uno un lugar. Y cuando observé que en la bolsa ya no quedaban más, los miré en conjunto, me sentía afortunada porque tenía la batería de cocinita más bonita que jamás haya visto, un caldero con su tapita, un cazo, una cacerola, todos eran ideales para mi cocinita. Mientras cada uno observaba lo que quería y lo que le gustaba, mi madre nos miraba contenta y sin dejar de estarlo, nos avisó para que empezáramos a vestirnos para ir al colegio. Escuché un ruido en la ventana, era el viento que movía los cristales viejos, me acerqué y observé como pasaba el aire por la calle, moviendo los árboles, las hojas y los papeles, miré el cielo, que estaba nublado. Recuerdo ese aire frío, seco, que nos golpeaba en la cara por el camino, que consiguió que esa mañana habláramos poco entre nosotros y con Mamá, que hizo guardarnos las manos en los bolsillos... pero no logró quitarnos la alegría de los juguetes, no pudo con las ganas de volver a casa para usarlos una y otra vez, sin parar, para inventar comiditas y para estar entretenidos durantes horas y horas, mientras pasaba por la calle el viento, llegaba la lluvia y así pasaba el otoño, el invierno y yo feliz.  

domingo, 10 de julio de 2011

¡ay, qué susto!

Los sustos son algo que en mi casa sucedían con frecuencia, la mayoría de ellos con una única intención: asustar. Claro que hay que tener cuidado, porque hay diferentes formas y diferentes reacciones, hay sustos que quitan el aire, que te dan ganas de llorar, que te hacen gritar, que te ponen los pelos de punta, que te hacen enfadar, que te dan ganas de dar un golpe, que te hacen pensar en algo increíble...en cualquier caso, hay que tener cuidado con la  persona a la que se le va a dar el susto, aunque yo creo que en mi casa he visto todas esas reacciones.
A mí a los que más me gustaba asustar eran a Igor y Alicia, porque siempre se asustaban, pero también tengo que decir que ellos alguna que otra vez me asustaban. Tal vez el peor susto que recuerdo fue el día que vinimos del colegio y Paco se escondió debajo de la cama de mis padres, era algo que había visto a hacer a Iván otras veces y ese día lo hizo él. Cuando mi madre entró en la habitación para cambiarse de ropa cerca de la cama, no recuerdo bien si él le tocó los pies con su manita (porque era pequeño) o con el pelo, el caso fue que mi madre se asustó tanto, tanto, tanto, que no pudo respirar, se le pusieron los labios morados y los mayores al verla intentaron tranquilizarla. Sandra la ayudó a quitarse la ropa hasta que poco a poco se fue recuperando y a partir de ese día ni Iván ni Paco se escondieron más debajo de la cama. Estuvimos un tiempo que no nos asustábamos pero volvimos a hacerlo entre los mayores y los pequeños. Así una tarde como cualquier otra observé que Alicia estaba en el cuarto de las chicas haciendo cosas de un lado a otro y, de repente, sentí esa cosita de asustarla. Sigilosamente me puse cerca de la puerta escondida, sin que ella pudiera verme pero yo a ella sí, entonces la vi que fue a abrir un cajón y justo en el momento de abrirlo le dije un simple-¡hola!-a ella se le abrieron los ojos más de lo que había abierto el cajón y dio un salto enorme sobre la cama, se quedó mirando el cajón hasta que aparecí en la puerta riéndome sin parar y ella al verme aturdida todavía por el cajón exclamó-¡pero tú eres tonta, que pensé que la mesita me había hablado!-entonces salió de la cama y cerró el cajón un poco enfadada. Ahora que lo pienso, yo no creo que mi hermana haya pensado literalmente eso, que un cajón le saludó, creo que lo que realmente le asustó y se expresó mal fue pensar qué había dentro del cajón que le había dicho "hola". Ese susto fue muy divertido.
Otro más fue un verano que Iván lo pasó en casa por un accidente que tuvo en el trabajo, no recuerdo si se había roto uno de los tobillos o se había hecho un esguince en los dos, pero el verano lo pasó en el sillón del salón y aunque para él fue bastante angustioso si tengo que pensar en el lado positivo, tengo que decir que fue un verano muy guapo. Gracias a ese accidente conocí el juego Metal Gear y pude compartir con mi hermano y también mi madre no sé cuántas tardes de consola, de charlas, de risas y algún que otro helado familiar. Una noche como de costumbre iba al cuarto de mis hermanos para estar allí un rato hablando los cuatros y riéndonos, que eso pasaba con facilidad. Observaba a Iván en su cama con las dos piernas en reposo, Igor en la suya y Paco en la parte de arriba de la litera mirándonos y en ese momento pensé que era un buen momento para asustarlos, asustarlos a los tres. Me levanté diciendo que ya tenía sueño y que me iba a dormir, fue un momento en el que no sé de qué estábamos hablando pero nos estábamos riendo mucho. Nos despedimos y cuando ya estaba fuera del cuarto caminé como si fuera a mi cuarto pero en realidad estaba quieta en el mismo sitio, sólo movía los pies para que ellos escucharan que me iba. Y se me ocurrió el susto, con mucho cuidado me quité los calcetines y los doblé juntos, como si fuera una pelota, busqué el ángulo adecuado y esperé a que dejaran de hablar, cuando el ritmo de la conversación disminuyó, ¡ese era el momento!. Lanzé los calcetines dentro de la habitación y ahí estaba el susto, vi como las piernas de Iván se encogían en el aire, vi a Igor exclamando-¿qué es eso loco?- que se pegaba a la pared y Paco, creo que fue el más inteligente porque sin decir nada se cubrió con la sábana...yo no pude aguantar las risas y entré en la habitación con toda la carcajada. La verdad es que ninguno reaccionó mal, les enseñé que era aquello que les había asustado tanto y empezamos a hablar de lo que había pensado cada uno al verlo y empezamos a reírnos todos hasta que a Iván empezaron a darle calambres en las piernas por el movimiento tan brusco que había hecho, es que el capitán tontín...Igor, Paco y yo lo mirábamos y más ganas nos daban de reírnos, él se reía pero era una risa de dolor, pobrecito. Creo que se tuvo que tomar algo para el dolor aquella noche y a la mañana siguiente lo comentamos con Mamá, que también se rió y nosotros nos mirábamos con cierta complicidad y picardía. Pero esto es solo una parte de la historia de los sustos, porque hay una segunda parte en la que adelanto aquí, que Iván nos dio un buen susto a los tres más  pequeños. De todas formas, si un día estás con alguno de nosotros ten cuidado porque en cualquier momento te puedes llevar un susto.