En mi casa siempre hemos tenido facilidad para poner "motes", por el físico o por algo que nos hace mucha gracia y todavía hoy lo seguimos haciendo, pero sin ánimo de ofender, para nosotros es algo divertido. Y además todos podemos tener más de uno, tal vez la persona que más motes tiene en mi casa es Iván, no nos ha dejado más remedio, porque al final el tío parece que se los busca.
Iván trabajaba en la cafetería de un supermercado, no recuerdo si tenía turno fijo, pero recuerdo que muchas veces Mamá y yo éramos quienes le planchábamos la camisa del uniforme. Y aquel verano estábamos en casa, viendo la tele los tres pequeños. Por las tardes había mucha variedad de dibujos animados y a nosotros nos gustaba mucho los X-Men. Sobre las cuatro, Iván se duchaba, a veces tomaba algo de merendar y empezaba a vestirse para ir a trabajar. Sentada en el sillón miraba los dibujos y alguna vez observaba todo el ritual de Iván; se quitaba la toalla, se secaba todo el cuerpo con energía (porque creo que él odia ponerse la ropa con el cuerpo mojado), se ponía los pantalones, se sentaba en la cama y se ponía los calcetines, luego los zapatos. Se levantaba, se echaba colonia en el cuerpo, iba a la sala, se ponía la camisa que se abrochaba mientras veía con nosotros los dibujos, se metía la camisa por dentro del pantalón y entonces se miraba en el espejo para sacarla un poco, levantaba los hombros para terminar de sacar lo justo y necesario. En su cama (que era la misma que le calentábamos por la noche) cogía el bolsito, lo abría, miraba a su alrededor y se aseguraba de que estuviera todo. Todo esto controlando el reloj, que si no recuerdo mal salía sobre las cuatro y media o cinco menos veinte. Aquella tarde llegó el momento de irse, cuando estaba dispuesto a salir del cuarto de los chicos, lo único que se lo impidió fue la puerta que estaba a punto de cerrarse por la corriente de aire y con la que tropezó de frente, tremendo golpe se dio en la ceja el muchacho con el filo de la puerta. Yo no sabía si reírme o no, se puso la mano en la ceja, se miró en el espejo y se la peinó, pero no sé si era porque realmente estaba despeinada o para calmar el golpe sorpresa. Entonces me miró cuando salió, yo lo miré con ganas de reírme hasta que empezamos a hacerlo los dos. Otra tarde, después del mismo ritual, frente al espejo después de echarse colonia en todo el cuerpo, empecé a mirarlo cómo intentaba ponerse colonia con la mano en el antebrazo del mismo brazo, concentrado estirando los dedos, los estiraba una y otra vez y su intento fallaba porque los dedos por mucho que los estires no llegan a tocar el antebrazo. Cuando se dio cuenta de que era imposible y cuando me vió riéndome por el esfuerzo inútil que estaba haciendo, empezó a reírse él también.
Iván tuvo una época que tenía muchas anécdotas de este tipo, así que de una forma u otra empezamos a reunirlas, porque eran divertidas, por una que le pasaba aparecía otra mejor que la anterior y, al final por la secuencia de todas ellas, se ganó el mote de "Guapito bobo". Guapito porque mi hermano tiene su éxito entre las chicas, no sólo por su físico sino por su forma de ser. Y bobo porque uno no esperaba que con esas cualidades le pasaran cosas así...como aquel día que estábamos todos en la cocina comiendo juntos, Alicia ya había comido y nos quedábamos en la mesa, Iván y los tres pequeños. Hablando de unas cosas y otras, Iván empezó a explicarnos algo que ahora no recuerdo, pero lo hacía mientras reunía en un punto de la mesa todas las migas de pan con la intención de meterlas en el yogur, que había tomado como postre. Cuando ya las tenía todas, puso el yogur debajo de la mesa y preparó todas las migas para echarlas dentro, el final de la explicación coincidió con la barrida que hizo de las migas que echó en el suelo todas de una vez, mientras la otra mano esperaba con el yogur debajo de la mesa. Nosotros que seguíamos atentos tanto la explicación como la recogida de migas, empezamos a reírnos por lo que había hecho y cuando se lo dijimos, él miró las migas en el suelo y empezó a reírse con la típica cara de sueño, ese sueño que le da a uno cuando termina de comer. Por eso siempre le decíamos cuando le pasaba algo "ay Iván, eres más guapito bobo"...cuando no era por unas cosas, era por otras. Por ejemplo, si Iván odiaba los pelos, a la hora de comer ¿a quién le aparecía un pelo en la comida?, a Iván, entonces él miraba fijamente su plato hasta que lo tenía localizado y por la forma de soltar el cubierto en la mesa, sabías que lo había encontrado, pobre pelo, lo que le esperaba. Metía la punta de los dedos en el plato y para recrear todo su asco en él, lo sacaba lentamente apreciando toda su longitud con aquella expresión de asco, una vez fuera con todo su desprecio y los dedos bien apretados para que no se escapara, se giraba para un lado y fuera de la mesa daba un manotazo como si al pelo le doliera, para tirarlo al suelo. Lo único que le faltaba era rematarlo, pero no, él ya se quedaba con aquella cara de horror...horror peludo. Pero eso no era lo peor, lo peor que podía pasar como pasó alguna vez era encontrarse con un ¡segundo pelo!, entonces se le abrían todos los ojos y sin sacarlo del plato lo miraba con repugnancia, claro como era compañero del anterior y nos preguntaba con la misma cara de repugnancia, como si todos los demás fuéramos pelo también "por qué había tantos pelos en la comida". Esto ya era el crimen del plato, porque ya no quería seguir comiendo...se tomaba el yogur o un vaso de islacao y se iba con esa expresión de malestar.
Hoy, que es un hombre maduro y que es el orden y la limpieza en persona (ni don limpio) es probable que esa faseta peluda ya no ocurra tanto como antes. Y ahora no tengo tantas anécdotas como las de Guapito Bobo (que volveré a contar más adelante), pero si sé que tiene otro mote y como ha coincidido con mi estancia en Madrid si le ha pasado algo, me lo he perdido, pero es otro mote con más categoría; Capitán Tontín.
Así que si alguna vez lo invitas a una cafetería, porque en mi casa somos muy cafeteros, no pidas nada que lleve cabello de ángel, no hace falta explicar mucho el por qué, el propio nombre ya lo indica.